El lento aterrizaje

Es una realidad. Cuando te marchas a vivir al extranjero no cabe duda de que el afán por adaptarte y buscarte la vida en tu nuevo destino ocupa todo tu tiempo y se convierte en tu prioridad. Es una cuestión de supervivencia.

Es tanto lo que hay que hacer, lo que hay que aprender, tanta la gente nueva que habrás de conocer y sobretodo, tanto tu afán por adaptarte y aclimatarte a tu nueva vida que poco a poco y sin darte cuenta, vas desprendiéndote de la anterior para concentrar todos tus esfuerzos en tu nuevo reto.

Si te mantienes ilusionado y curioso, no tardarás demasiado. En un par de meses te sentirás ya prácticamente en casa, tendrás a punto tu hogar y tu grupo de amigos y estarás empezando a disfrutar de esa nueva vida.

Una de las pruebas de fuego es cuando regresas a casa tras unos cuantos meses fuera. La sensación es extraña, como si fueras otra persona, como si hubieras vivido dos vidas mientras ahí siguen como cuando les dejaste. Se alegran mucho de verte: grandes abrazos, palmaditas y te preguntan sobre tu vida allí;  pero notas que tras decir que todo bien y describir un poco tu nueva casa y tu actividad diaria,  pierden toda curiosidad y pasan a hablar de sus cosas como si jamás te hubieras marchado.

Y te sientes decepcionado, porque tienes tanto que contar, tantas experiencias vividas pensando en ellos,  los tuyos, y en lo mucho que las disfrutarían también si estuvieran contigo, que cuando tu hermana cambia de tercio y comenta que por fin el bautizo de su hijo será el 14 de mayo  consiguiendo con ello acabar con tu apasionado relato, te invade la frustración y te sientes …..de más.

Luego están esas situaciones en las que te la cargas si no llamas para comentar que estás en urgencias porque tu hija llevaba 4 días con fiebre, o cuando te reprenden porque fuiste a comer a casa de tu madre y aún no has aparecido por la de tu suegra. Y es que la vida de expatriado te enseña a ser independiente y autónomo a la fuerza. Vives sin familia a la que ir a visitar los domingos y haces tu vida sin pensar que alguien pueda acompañarte al médico. No es una cuestión de descortesía, simplemente te has acostumbrado a hacer las cosas solo y ni se te pasa por la cabeza “molestar”a nadie.

No es fácil, la verdad. Son dos vidas muy diferentes y a dos velocidades. Te adaptas a ambas pero necesitas tiempo para aterrizar del todo cuando pasas de una a otra. Y esto sirve para la ida y para la vuelta, porque lo normal es que te subas al avión de regreso con el corazón encogido por dejar a tus seres queridos, acordándote de los días perdidos por culpa de ese lento aterrizaje emocional que te mantiene fuera de la realidad más tiempo del deseable.

 

 

 

 

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