Mis vivencias en La Haya

La Haya, una ciudad de cuento en la que todo funciona, está  ordenado, limpio y reciclado y uno sabe siempre a qué atenerse. Viniendo de España esta organización choca un poco pero cuando uno se acostumbra cuesta  volver atrás.

Las casas son todas prácticamente iguales: tres plantas con distribución casi idéntica: dos dormitorios y un cuarto de baño completo con el retrete, de curioso diseño llamado “escaparate”, siempre a parte. (Los que allí hayan residido saben seguro a qué me refiero)

El clima es algo duro. El frío, el viento y la lluvia suelen hacer acto de presencia a la vez la mayoría de los días de invierno. El paraguas resulta del todo inútil.  La primavera, el verano y el otoño son más agradables, aunque el  calor, tal y como lo entendemos en España, no existe.  El más mínimo rayo de sol, sea la época que sea, es excusa suficiente para que los holandeses se remanguen camisas y pantalones y se expongan cual lagartos al sol.

La vida en La Haya es tranquila. Nadie se mete con nadie, las tiendas son atractivas, minuciosamente decoradas y bien atendidas. Los tenderos muy amables y sonrientes y todos perfectamente bilingües en inglés, idioma en el que se dirigen al extranjero en cuanto este abre la boca para decir “Buenos Días” con pésima pronunciación. Los holandeses son muy altos y muy rubios. Es casi intimidante y si una es bajita y morena como yo, la sensación de cucaracha correteando entre gigantes patosos será una constante en su vida allí.

El centro de la ciudad es muy agradable. Pasearse por Noordeinde y por sus alrededores es todo un placer. En una de las callecitas hay un famoso “cuchitril” en el que dan las patatas fritas más ricas del mundo. Se puede elegir la salsa pero sea cual sea la elección, te chuparás los dedos y soñarás con volver.

Es una ciudad agradable para andar en bicicleta, no hay cuestas y todo está preparado para ello. Se puede incluso viajar por todo el país. Es increíble el partido que los holandeses les sacan. ¡A veces va toda la familia en una de ellas!

Todo se hace en bicicleta, incluso la compra. Yo nunca conseguí ceñirme a lo que cabía en el cestito delantero de la mía. Mis carros llegaban abarrotados a la caja ante la mirada de asombro de los locales que compraban siempre tan solo lo que consumían en el día. La cultura del ahorro estaba a la orden del día. Tampoco daban bolsas, ni siquiera pagando y esto hacía de la carga y descarga, al coche primero y a casa después, una verdadera tortura. El supermercado más famoso y extendido en el país era el Alberthein y en  la Haya, el Kon-Mar de Scheveningen estaba también muy bien surtido.

Amsterdam está a unos  50 minutos y Rotterdam a media hora. Para ir a Delft, pueblo artesano y precioso, recomiendo el camino en bicicleta. Es una verdadera maravilla.

A las cinco se cierra todo y a las seis está todo el mundo en su casa. Esto puede parecer aburrido pero en realidad es  estupendo tanto  para la vida de familia como para cultivar las amistades. Da tiempo para invitar, para preparar la cena, para charlar, estudiar, ir al cine…..y para tantas otras cosas.

A la hora de recibir invitados, no os extrañéis si os piden la botella de vino que trajeron con lo que haya sobrado. Para un español puede resultar ofensivo, pero para ellos sería, al contrario, una falta de respeto, dejarte las sobras y que tengas que recogerlas. Curioso ¿no?

Otra experiencia es la de ir al doctor. A cada familia se le asigna un médico de cabecera y además procuran que éste hable su idioma. Hay que pedir una cita para que conozca a toda la familia y una vez hecho este trámite, todo, pasa por él. Pero todo, todo. En caso de emergencia, al menos en la época en la que vivimos allí, no se puede ir al hospital sin pasar antes por el médico de la familia. Es toda una contradicción, porque si es una urgencia en principio no hay tiempo que perder, pero así es la cosa. Toda enfermedad común se cura con vapor, baños templados y a lo sumo, paracetamol. Prácticamente todas las medicinas se venden con receta y en la farmacia te pesan para saber qué cantidad darte. Ni una pastilla más. La medicina preventiva no se practica mucho. Y desde mi punto de vista el ojo clínico español se echa allí mucho de menos. Pero la realidad es que si uno de verdad se está muriendo, echarán el resto para curarle.

 

 

Si alguna va a dar a luz allí, que sepa que la práctica común es tener al niño en casa con una comadrona. Si consigues que te atiendan en un hospital y pides la epidural, cerciórate  antes de que te harán caso. No son nada partidarios.  Yo tuve un niño allí, le llamaban el “Latin Lover” en el nido por lo morenito y pequeñito (los bebés holandeses no bajan de los cuatro kilos y medio y son todos calvos con pelusa rubita). Di con el único médico que respetaba la voluntad de la madre en el tema de la anestesia  pero tuve que fingir estar de parto el día que le tocaba a él la guardia para asegurarme la epidural.  Ojo con este tema, no sé si seguirá siendo así pero conviene asegurarse. También me aconsejaron que me llevara una caja de paracetamol porque en el hospital me darían solo uno tras dar a luz…….fue un magnífico consejo.

De las costumbres holandesas es curiosa la llegada de San Nicolás cada 6 de noviembre al puerto en Scheveningen. Dice la leyenda que éste llega en barco desde España rodeado de Zwarte Pieten, pajes encargados de distribuir los regalos a los niños buenos.  Suele ser el propio alcalde de la ciudad el que se disfraza de SinterKlass y por la tarde, el mismo día de su llegada va a la Embajada de España a repartir mandarinas a los niños de los colegios invitados. Por otro lado, el hombre del saco holandés es el  Duque de Alba. Esta leyenda  viene de la época en la que el Duque marchó a Flandes durante el reinado de Felipe II  con los Tercios españoles  para meter en cintura a los rebeldes. Pero al pueblo holandés le caemos en gracia. ¡Y si no que se lo digan a los miles de Holandeses que vienen de vacaciones cada año!

 

Si tienes la oportunidad de irte a vivir allí una temporada, no lo dudes un segundo. Te encantará.

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