Bucarest en 1993

Hace ya muchos años que pasamos por Bucarest, pero guardamos un magnífico recuerdo de una ciudad, que aunque castigada por su historia, mantenía intacto su glamour y su personalidad. Muchos la llamaban aún “Le petit Paris de l’Est”.

Lo que pueda contar de nuestro paso por allí estará a todas luces anticuado, ya que por lo que me han contado, el desarrollo en pocos años ha sido espectacular y aquello nada tiene que ver ya con lo que nosotros nos encontramos.

Corría el año 1992 y en pleno mes de diciembre nos instalamos en la calle Emil Pangrati en un barrio residencial muy cerca del mas maravilloso de los parques, el Herastrau. Ceaucescu acababa de caer y el clima en general era de desconfianza hacia el extranjero. Se respiraba aún el ambiente del comunismo y de hecho en las tiendas o “consignatias” no había prácticamente nada. Los que llevaban allí mas tiempo nos recomendaron salir de casa siempre con una bolsa  y si veíamos por casualidad a gente haciendo cola, ponernos tras ellos con la esperanza de poder encontrar alguno de los innumerables productos que escaseaban por aquél entonces en la ciudad. En estas “consignatias” se vendían productos dispares tales como   una madeja de lana, un par de zapatos de segunda mano, un palo de escoba, una lupa, una mochila de camuflaje, unos frascos de cristal con algo parecido a un codillo y unos cuantos botes de pintura. La Coca Cola se llamaba Camlica y era transparente y la leche se vendía solo en polvo. Pero se iban encontrando cosas poco a poco y si uno tenía la suerte de contar con la ayuda de un local, podía llegar a tener la despensa prácticamente llena. Era cuestión de buscarse la vida. Eso sí, el Cola Cao, ¡el nuestro! Y los Chupa Chups no faltaban en ningún mostrador. Increíble.

La ciudad contaba con grandísimas avenidas recorridas por Dacias y Lada Nivas en su mayoría. Una de ellas conducía a la casa Poporului, inmenso palacio construido por el matrimonio Ceacescu con toda serie de materiales importados de las casas de decoración  mas caras de la Europa occidental. Un verdadero contraste.

Desperdigados por la ciudad había pintorescos locales para el esparcimiento como la cervecería Karol cu Bere  y el restaurante Capsa  en el que sus escasos platos como la especialidad de la casa “el Mititei”, eran servidos con las mas maravillosas bandejas de plata y los mas almidonados de los manteles al estilo parisino.

Cada sábado por la mañana había subasta. A ella acudíamos muchos de los extranjeros. Era un lugar de encuentro y de vez en cuando comprábamos algo. Había verdaderas joyas tanto en muebles como en cuadros, alfombras, vajillas y objetos de plata.

Algo que seguro sigue allí sin cambios es el castillo de Peles en la ciudad de Sinaia. Un palacio sobrecogedor construido entre los Cárpatos por encargo del rey Carol I a finales del siglo XIX. Cada estancia, cada detalle, los olores, los colores, las historias que cuentan  sus guías, le hacen a uno transportarse a la época de lleno mientras lo visita.

Otro lugar al que ir es el castillo de Drácula o castillo de Bran, situado cerca de Brasov en plena región de Transilvania. Dice la leyenda que este castillo perteneció a Vlad Depes (Vlad Draculae), pero no hay evidencia de esto y la mayoría de las versiones apuntan a que “El Empalador” tan solo pasó allí dos días encerrado en una mazmorra.

En Poiana (Brasov) Había una estación de esquí a la que acudíamos con cierta frecuencia. Había unos cuantos hotelitos muy agradables y unos restaurantes de lo mas acogedores donde la carne mas cotizada era la de oso. La estación tenía arrastres y telesillas todo muy viejo y oxidado pero en perfecto estado de funcionamiento. El paisaje, inmejorable.

El clima tampoco ha debido variar mucho. En invierno el frío era intenso y seco. La nieve estaba a la orden del día y cuando ésta desaparecía en el mes de marzo, debajo ya asomaban los tulipanes de colores en los jardines. La primavera aparecía de golpe y daba paso poco a poco a un verano caluroso.

Bucarest es una ciudad con duende, un lugar especial. Los años que pasamos allí fueron años de transición y la vida cotidiana estaba marcada por la escasez. Pero la situación evolucionaba muy deprisa y no tengo ninguna duda de que se habrá convertido en un destino estupendo.

Bucarest plano

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