De un lado para otro.

Por H o por B me he pasado la vida de un lado para otro de país en país con todo lo que eso tiene de bueno, que es mucho, y de malo, que dependiendo de la fase de la vida en la que estés puede llegar a ser devastador.

Entre los 0 y los 10 años:

A estas edades vas esencialmente a donde te mandan y sinceramente no te das mucha cuenta de lo que eso supone. Aprendes sin darte cuenta el idioma que toque, aunque luego se te olvida también con bastante facilidad, cambias de amigos, de casa, de colegio, pero a estas edades  tus padres lo son prácticamente todo para ti y bajo su ala protectora vives el presente con intensidad.

Entre los 11 y los 18 años:

Aquí cambia la cosa y todo se vuelve complicado. Papá y mamá ya no tienen ni idea de nada, no se enteran y por ende ya no te protegen. ¡Todo lo contrario! Te arrancan cruelmente de tu rutina para llevarte cada dos o tres años a un nuevo y hostil destino. Te obligan a aterrizar, a veces incluso a mitad de curso, en un nuevo colegio en el que tienes que enfrentarte solo a las miradas inquisidoras de los que llevan años allí. Cuesta mucho, sobre todo si además tienes que aprender otro idioma que no vale con chapurrear. ¡Qué vergüenza! Hay que dominarlo y hasta entonces, para evitar hacer más el ridículo,  mejor quedarse mudo del todo.

Para más inri, de repente, cuando tus  “por fin” amigos empiezan a hacer planes para irse a estudiar a Estados Unidos a Canadá o a Inglaterra, te enteras de que tu destino será España si o si, y que además vivirás con los abuelos. Mientras tus compañeros sueñan con los campus de película, sus residencias, sus relucientes taquillas y los constantes festejos tu buscas la manera de venderles que tu destino es igualmente glamuroso y envidiable. Por si no fuera poco, además tienes que pasar la selectividad y hacer un esfuerzo adicional para estudiar cosas que no te interesan nada de nada. Una verdadera injusticia del todo incomprensible que te aleja de tus padres… “¡Para siempre!”

De los 19 hasta…

Resignación. No queda otra. Ya estás en Madrid. Con tus abuelos. Empiezas la Universidad con cierta ilusión aunque sea un mecanismo de supervivencia, pero ésta se esfuma con cada “post” que publican tus antiguos compañeros en las redes sociales… ¿Por qué a mí? Papá y Mamá te hablan de que hay que echar raíces y a ti eso te suena a chino, pero no hay otra. Pasa el tiempo y descubres de pronto que lo de vivir sin padres tiene su aquél, los abuelos no se enteran demasiado y te sientes más libre que nunca. Empiezas a hacer amigos y con ellos surgen los planes y poco a poco, increíblemente te haces a tu nueva vida. Al llegar eras “el extranjero” pero con el tiempo empiezas a descubrir que te identificas mucho con tus “colegas”, que entiendes el humor español más que ningún otro, que las cañas, las tapas, los bocatas de calamares y las juergas hasta altas horas de la madrugada son lo tuyo, que te has vuelto forofo del Madrid y que festejas a la selección aunque no sepas contra quién está jugando.  De repente no solo entiendes eso de las raíces, sino que casi puedes sentir como te amarran a tu tierra.

Cuando llega la independencia económica es cuando realmente empiezas a apreciar las cosas buenas de la vida que te ha tocado vivir. Lo malo, desaparece o se diluye entre todas las ventajas de las que has disfrutado al conocer mundo, estudiar idiomas sin darte a penas cuenta y aprender multitud de cosas que no aparecen en los libros. Es entonces cuando de nuevo admiras a papá y mamá.

 

Y si como adulto vuelves a elegir ese tipo de vida…

Esto es bastante común entre los que hemos rodado por el mundo en nuestra infancia. Al final uno se acostumbra a este tipo de vida y si tiene la oportunidad no duda en lanzarse de nuevo a la aventura. En este caso todo resulta agradable al ser tu propia elección. Eres capaz de ilusionarte y proyectarte en el nuevo destino con gran facilidad y también te ayuda mucho tu trayectoria a la hora de adaptarte y hacer nuevos amigos.

Si tienes hijos sabrás cómo guiarles y apoyarles a través de cada etapa puesto que tú ya has pasado por ahí,  y te costará menos vivir cada destino en profundidad, descubrir sus ventajas y aprovecharlas a fondo.

Es un privilegio tener la oportunidad  de llevar este tipo de vida pero no hay que perder de vista que el esfuerzo que se pide a los hijos es inmenso. Contar con una familia unida que  permanece contigo pase lo que pase, es fundamental para crecer tranquilo y seguro.

Desde aquí, mi homenaje a mis padres y mis hermanos con los que compartí multitud de aventuras y que tanto me apoyaron en todo momento.

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